jueves, 7 de febrero de 2013

Pareja poliamorosa busca…

Un periodista, una pareja poliamorosa y una de las ciudades más conservadoras del país son el marco ideal para una crónica sobre la naturaleza del amor y sus múltiples expresiones. 

Esta historia comienza con dos protagonistas. Pero termina con tres, o cuatro. Eso nunca se sabe. 
Supe de ellos a través de un amigo en común. 
Desde hacía varias semanas había venido preguntando a mis conocidos sobre sus “usos y costumbres” románticas con la intención de concretar una entrevista con una pareja poliamorosa. 

La idea se concibió en una plática de café, cuando alguien me comentó la existencia de un taller de reflexión integrado por parejas de este tipo, y que tenía su sede en la tradicionalista ciudad de Puebla. 
Más que morboso, el tema me pareció subversivo. 
En el 2009 la ola conservadora había azotado al país mediante la aprobación de reformas legislativas en los congresos locales para prohibir el aborto. La contraofensiva llegó a finales de ese mismo año desde el Distrito Federal con la aprobación de una ley que protege el matrimonio gay, dotando a los cónyuges de los mismos derechos que tienen las parejas heterosexuales, entre ellos la adopción. 
En un momento histórico donde la categoría de familia se había convertido en objeto de una disputa ideológica, ¿qué podía ser más revolucionario que un grupo de personas cuestionando el estatuto de exclusividad propio de la monogamia?
Así que, sin más, comencé a interrogar a mis conocidos, a los conocidos de mis conocidos, y a los conocidos de éstos.
Fue así que llegue a Othón y Gris, los protagonistas de esta crónica. 

Un café como cualquier otro
Othón es de Puebla, tiene una hija de dieciséis con la que apenas mantiene contacto. Gris es oriunda de Veracruz; vive con él y sus tres hijos. Desde hace nueve años comparten su vida.
Si esta fuera una crónica a modo, diría que son una pareja normal. Pero no lo son. Ni les interesa serlo.
La cita tiene lugar en un café del centro. Rodeados por edificios centenarios y majestuosas iglesias, intercambiamos los primeros saludos.
En la mesa contigua, un grupo de chicas se cuenta los pormenores del fin de semana con el galán en turno. Por su plática, uno podría deducir que estas adolescentes están en camino de convertirse en esposas abnegadas y amas de casa irreprochables. Nada nuevo en una ciudad que se precia de tener entre sus habitantes a algunas de las élites más conservadoras del país. Puebla, urbe de añejos conflictos estudiantiles entre comunistas y católicos recalcitrantes; la que décadas atrás atestiguó el nacimiento del Yunque, uno de los grupos de ultraderecha más poderosos de México. Puebla, la que algún intelectual trasnochado osó alguna vez bautizar como “La Belfast de América”.
Dudo antes de pedir autorización a mis informantes para grabar la conversación. Me ha sucedido antes que una grabadora echa a perder lo que prometía ser una buena entrevista. No es el caso. 
Cuando les pido que me narren la forma en que se conocieron, me queda claro que Othón y Gris no son personas fáciles de intimidar. Francos y abiertos, entran al tema de forma directa, sin atajos ni ambigüedades.
Othón cuenta que hace diez años, cuando recién empezaban a salir, decidieron plantearse el tema de pareja bajo un modelo distinto. Ambos venían de relaciones largas, concebidas bajo un esquema tradicional que finalizaron en amargas rupturas y desengaños. Renuentes a repetir los patrones que los llevaron a fracasar anteriormente, se propusieron construir una de carácter abierto, sin etiquetas ni formalidades, donde ambos pudieran sentirse libres. Había una sola regla: tenían que contarse todo. 
La experiencia para ambos fue tan enriquecedora que, lejos de mostrarse desapegados y ajenos a las circunstancias del otro, comenzaron a desarrollar un vínculo muy profundo. 
Fue así como a los pocos meses de conocerse tomaron una decisión que hubiera sido impensable bajo otro tipo de paradigma afectivo. Decidieron mudarse juntos.

Prueba y error, la metodología del amor

Lo que para Othón y Gris comenzó como un camino estrecho e inédito que se escindía de la transitada ruta monogámica, pronto se convirtió en un sendero que corría paralelo a otras formas alternas: el estilo de vida swinger fue una de ellas. 
Cuenta Othón que fueron cuatro años los que vivieron inmersos en el ambiente propio del intercambio de parejas. Cuatro años de experimentación, aprendizaje y, finalmente, de profunda decepción.
“Con el paso del tiempo nos fuimos dando cuenta de que era algo totalmente diferente a lo que nos habían platicado. Era muy mecánico, muy frío. Eso fue algo que no nos gustó desde un principio. La gente te lo pinta como un lugar donde se va a hacer amigos, incluso en el plano erótico uno se lo imagina romántico. Pero la realidad es otra, te vas llevando muchas desilusiones.”
“Estuvimos en el ambiente alrededor de cuatro años”, afirma Gris. “Tampoco éramos muy activos. No es que estuviéramos peleados con el sexo, pero no nos gustaba la manera fría y despersonalizada con que éste se daba”.
Otro aspecto con el cual se sintieron incómodos durante esa etapa de su relación era la conducta machista y el sentido de propiedad sobre la pareja que suele privar, incluso dentro de esas prácticas.
“Cuando tú entras a los perfiles de las parejas en internet siempre ves fotos de mujeres. De hombres casi no. A nosotras nos exhiben. Ahí se maneja una visión muy machista en la que la mujer es un objeto de placer con el que se puede jugar y en el que se procura siempre la satisfacción del hombre. Es una reproducción del modelo habitual, pero con reglas distintas.”
Desencantados de este estilo de vida dejaron de citarse con otros y poco a poco comenzaron a espaciar sus visitas a los bares de intercambio.
Un día se encontraron en la calle a una pareja con la cual habían interactuado algunas semanas atrás. Othón y Gris los saludaron afectuosos y ellos no respondieron. Simplemente les dieron la espalda. Esta descortesía fue la que marcó su salida definitiva del ambiente.

Cuando dos no son suficientes

“Nos sentíamos como marcianos”, comenta Othón mientras me percato de que la mesa de junto, otrora fuente de alboroto, guarda un sospechoso silencio.
“No estábamos a gusto dentro de la opción tradicional ni dentro del ambiente swinger. En ese entonces desconocíamos que existía la opción del poliamor. Nos sentíamos solos con nuestras ideas.”
Ambos afirman que ésa fue, quizá, su etapa más difícil como pareja. Luego, se hizo la luz.
Una tarde, navegando en internet, Othón se topó en una página española con un relato erótico donde se narraba la interacción que se da entre una pareja que decide incluir un tercero.
“Los involucrados eran dos hombres y una mujer. Al final, ella alternaba sus espacios cotidianos con cada uno de ellos. Lo interesante es que aunque al principio el acercamiento se da sólo en el ámbito físico, con el tiempo se empieza a dar un despertar afectivo entre los personajes. A nosotros nos llamó mucho la atención la idea de incluir a ese tercero en nuestras vidas. Alguien que no fuera tan etéreo. Que pudiéramos convertir esa relación esporádica en algo más constante y más cercano.”
Gris no duda en calificar ese texto como una revelación.
“Cuando Othón me lo enseñó, supe que eso era exactamente lo que estábamos buscando.”
A partir de ese momento Othón y Gris se abocaron a investigar sobre la opción poliamorosa en México. Fue así que llegaron al grupo Poliamor México, un sitio virtual donde se proporcionan información y recursos sobre el tema. 
En esta página supieron de la existencia de Diana, Sergio e Israel, la “trieja” chilanga que conduce La casa de los mil cuartos, el primer programa de radio por internet sobre el tema, los cuales —gracias a una entrevista que les hicieron en el programa Shalalá de TV Azteca— se han convertido en el modelo prototipo de las familias poliamorosas en México.
También se enteraron de la conformación de un grupo de reflexión en Puebla donde se discutía abiertamente la opción como una nueva forma de relacionarse con los otros. 
“Para nosotros entrar a ese grupo ha sido muy padre. Gracias a él hemos podido conocer e interactuar con gente con la que podemos compartir nuestras experiencias y vivencias, y con quienes compartimos además las mismas ideas. La mayor parte de las personas que van al taller no han podido formar nunca una trieja, algunos ni siquiera una pareja secundaria, incluso hay algunos que van hasta solos, pero están en la disposición de reflexionar y de poner en la mesa de discusión muchas de esas cosas que no se discuten afuera. Eso, por lo menos, es dar ya un primer paso.”
Othón y Gris relatan que, a diferencia del ambiente swinger, donde la relación se basa únicamente en la satisfacción sexual, las parejas poliamorosas establecen compromisos y lazos emocionales más profundos.
“En ese ambiente todo es a escondidas. Terminas tu aventura de un ratito y regresas a tu vida de siempre, a tu monogamia. Aquí no. Aquí se trata de integrar a otras personas a tu vida. No es que cada quien se vaya por su lado con su pareja, por el contrario, nosotros buscamos integrarlas a nuestro entorno.”
Según cuentan, las formas de relacionarse dentro del poliamor cumplen una amplia gama de modalidades: algunos están casados y conviven en el mismo sitio sin dormir juntos, otros se encuentran ocasionalmente, y hay quienes ni siquiera conocen a las parejas de su compañero, pero saben de su existencia. También hay grupos donde todos los involucrados se relacionan de forma simultánea, y otros en los que las relaciones están restringidas sólo al interior del grupo.
“Todo depende de los acuerdos”, dice Othón, “lo más importante es la comunicación que tienes con tu pareja y la capacidad para construir un acuerdo y cumplirlo”.

Instrucciones para hacer “de tripas corazón”

A medida que la plática transcurre me percato de que Gris está distraída, quizá un poco nerviosa. Continuamente interrumpe la conversación para contestar los mensajes que llegan a su celular.
“Es un amigo con el que me cité para hoy”, me dice entre risas, una vez que es evidente que nuestra conversación discurre de forma paralela a otra que se desarrolla en la pantalla de su teléfono.
Miro de reojo la reacción de Othón. No hay signos de molestia o incomodidad. Por el contrario, creo percibir en él cierto aire de complicidad.
La situación me brinda la excusa perfecta para abordar uno de los temas tabú en toda relación de pareja: los celos.
¿Existen los celos en el poliamor?
“Por supuesto que sí”, es la respuesta unánime.
“En nuestras relaciones anteriores nos marcaron mucho las situaciones de celos. Esa forma de interactuar nos orilló a perder nuestro espacio como personas. Cuando nosotros nos conocimos fuimos claros en respetar nuestros espacios y afectos. Sin embargo, no es un proceso sencillo. Los celos no desaparecen de la noche a la mañana.”
“A lo mejor de mi parte hubo más problemas en ese sentido”, reconoce Othón. “Hubo momentos en que le dije a Gris que no me gustaba lo que estaba sintiendo, y quizá en algún momento le pedí que ya no se siguiera viendo con determinada persona, pero algo que siempre nos salvó fue decirnos todo. Eso fue lo que nos ayudó a superar el problema”.
Comunicación es una palabra que la pareja entrevistada repite siempre. Comunicar, hablar, dialogar. Para ellos, estos verbos representan la medicina que lo cura todo. Una que al principio les supo amarga, pero que con el tiempo han convertido en uno de los aspectos clave sobre los cuales se cimienta su unión. 
“Al inicio Gris tuvo una pareja con la que se involucró mucho y hubo momentos en los que llegué a temer que se enamorara y no quisiera regresar conmigo. Si lo pudimos superar fue con base en la comunicación constante. Ella me contaba todo. Me mantenía informado. Y, en ese proceso, gracias a la confianza, el celo se fue transformando. Al verla feliz o triste en los distintos momentos de su relación, yo entendí que mi labor como pareja no era hacerme a un lado, sino apoyarla, escucharla, darle un punto de vista.”

Acrobacia de alto grado de dificultad

Amarse entre dos no es fácil. Hay que aprender a compartir, a cambiar y, en muchas ocasiones, a aceptar. Las cifras de divorcio en nuestro país son un indicador de la crisis de la pareja. Actualmente se calcula que treina de cada cien matrimonios terminan por disolverse. Y las cifras van en aumento.
Quienes hemos experimentado una ruptura amorosa sabemos que la separación implica siempre una cuota de fracaso y dolor. Pagamos el precio y nos volvemos a enamorar porque creemos que la experiencia nos ayudará a refinar el resultado, que con el tiempo encontraremos a la persona correcta, en el momento adecuado, y que podremos construir —ahora sí— el ideal de pareja que hemos estado buscando. 
Para quienes creemos y practicamos la monogamia, todo se reduce a ese afán por asentarse y edificar.
Pero, ¿qué pasa con aquellos para quienes la búsqueda amorosa no tiene fecha de caducidad? 
¿Sufren igual que nosotros o han desarrollado un grado de desapego tal que les permite saltar de una relación a otra sin pagar las consecuencias emocionales? 
Después de charlar con Othón y Gris, me parece que al menos en lo que a la opción poliamorosa concierne, los vínculos sentimentales forman parte de una rutina gimnástica con un alto grado de dificultad.
Si en la época contemporánea una pareja monógama no las tiene todas consigo, basta con imaginar los trances a los que debe enfrentarse una relación que se desarrolla entre tres, o cuatro, a veces más. 
A lo largo de su trayectoria como pareja, la búsqueda del amor para Othón y Gris no ha sido cosa fácil. Abundan en su historial personas que no se comprometen, que a la primera provocación suelen romper los acuerdos, que buscan sólo una excusa para dar rienda a sus inquietudes sexuales, o que simplemente huyen cuando la propuesta —siempre sincera, abierta, honesta— se sugiere sobre la mesa.
Si mantener vigentes sus uniones secundarias resulta una tarea difícil, ni hablar de lo que implica integrar un miembro más.
En efecto, la consolidación de una trieja en el mundo del poliamor resulta, al parecer, una especie de leyenda.
Casi nadie conoce una estable.
Está la referencia del DF. Pero nada más. 
Aún así, ellos insisten.
¿Qué los motiva?
Othón me da una respuesta que derriba cualquier asomo de duda acerca de sus motivaciones y que me orilla a pensar más en las similitudes que en las diferencias que pudieran guardar con cualquier otro modelo de relación afectiva.
“Hay algo que sucede cuando finalmente logras establecer un vínculo poliamoroso como el que tenemos nosotros. Antes de que se consolide sientes que vives solo, en un cuarto oscuro. Pero un día te das cuenta de que hay otro foco, otra luz que está compartiendo el mismo cuarto. Cuando esos dos focos se acercan te das cuenta que estás en un cuarto iluminado. En ese momento ya no te sientes solo, ni te sientes oscuro, compartes un mismo espacio, compartes una misma luz.”

Adiós a las dogmas

Son las nueve de la noche y el café está por cerrar. Las adolescentes de la mesa contigua, escandalizadas por nuestra conversación, hace tiempo que se han retirado. Gris continúa recibiendo y mandando mensajes de manera compulsiva con su cita de hoy. Mientras tanto, Othón intenta explicarme en qué consiste realmente el poliamor.
“El poliamor no es una religión, no es un dogma que te marque ciertos lineamientos. Ser comunicativo con tus afectos, consensuar acuerdos, ser honestos, son aspectos que deberían asumirse en toda relación. Nosotros decidimos adoptarlos y ser fieles a ellos. Al romper con los paradigmas tradicionales, pudimos tomar conciencia de lo que es realmente valioso: la comunicación, la honestidad y el compromiso. Ingredientes que no sólo deberían estar en el poliamor, sino en toda relación afectiva.”
Les pregunto qué tan difícil es asumirse como poliamorosos en una ciudad como Puebla, y para mi sorpresa responden que más allá de la dificultad que supone relacionarse con personas que compartan sus mismas ideas, no han experimentado hasta el momento alguna actitud de rechazo. 
“Con nuestras amistades, incluso algunas del trabajo, mantenemos el tema abierto, obviamente tampoco nos ponemos el letrero de poliamorosos. Generalmente sabemos con qué personas lo podemos platicar. Por lo regular les causa mucha curiosidad o asombro que no nos den celos. Pero alguna reacción negativa, hasta el momento, no la hemos tenido.”
Gris cuenta que, en su caso, la gente que sabe de su situación tiende a cuestionarla. 
“La gente no entiende que podamos sufrir por otras personas, nos dicen: ¿cómo pueden sufrir si tienen a su lado a su pareja? Qué ganas de complicarse la vida.”
“¿Y no es así?”, pregunto.
“Quizá sí, pero creemos en esta forma de vivir nuestras vidas. Creemos en la honestidad, en la comunicación. Estamos conscientes de que esta opción no es para todas las personas, porque involucra sentimientos, costumbres, creencias, todo ese tipo de cosas. Implica romper con un paradigma en el que todos estamos educados y al que estamos acostumbrados.”
Y parte de ese paradigma tiene que ver con la educación de los hijos. 
A diferencia de otros padres que mantienen en secreto sus relaciones sentimentales, Gris ha decidido compartir abiertamente su estilo de vida con sus hijos.
“Hemos sido claros con ellos desde el inicio. Desde que eran pequeños siempre les hablamos con la verdad. Los hemos ido educando en la diversidad y en la diferencia, con una conciencia muy clara de que en las cuestiones del amor existe una variedad enorme de gustos y preferencias. Mucha gente, incluso aquella que comparte nuestras ideas, nos critica por ser tan abiertos respecto al tema, pero es sorprendente cómo nuestros hijos lo han asimilado.”
A Gris le gusta narrar una anécdota. Le sucedió con el más pequeño, cuando tenía ocho años de edad. Ella acababa de terminar con una pareja secundaria y estaba muy afectada. Cuando su hijo lo notó le preguntó si su tristeza se debía a que se había disgustado con Othón.
“Ese día me puse a platicar con él, intenté buscar las palabras para explicarle. Le dije que tenía un novio aparte de su papá y que esa relación había finalizado. Él me estuvo oyendo, se me quedó mirando y me dijo: mira mamá, yo lo único que quiero es que estés bien y que sepas que cualquier cosa que necesites, ahí estoy yo.”
Cada que cuenta esta historia a Gris se le quiebra la voz.
“Te lo platico y me sigue llegando”, dice una vez que se repone de la emoción. “Nosotros siempre hemos tratado de tener esa comunicación con nuestros hijos.”

De lo que en verdad trató la entrevista

Pasan ya de las diez de la noche y es hora de despedirse. 
El teléfono de Gris suena y ella se levanta para contestar.
Conversa por espacio de varios minutos con su enigmático interlocutor, alejada de nuestra mesa. Luego vuelve.
Othón me cuenta que por ahora no están enganchados en otras relaciones.
“Mucha gente cree que como poliamorosos nos la vivimos en la calle y, como vulgarmente se dice, de brazo en brazo; pero no, por ahora los dos estamos vacantes, aunque tampoco estamos en busca de algo. Éstas son cosas que se tienen que dar por sí solas.”
Cuando Gris se percata de que el mesero nos ha traído la cuenta, le pide a Othón que espere un poco más, que su cita está por llegar.
En efecto, a los pocos minutos ingresa un chico al café. Es joven, apenas debe pasar de los veinte años. Decidido, se aproxima a nuestra ubicación y saluda afectuoso a Gris.
Ella le acerca una silla y lo presenta.
“Ésta es la cita de la que les conté”, nos dice.
Othón se pone de pie y lo saluda con cortesía.
“Nos están entrevistando”, dice para justificar mi presencia.
De pronto tengo la sensación de que en esta mesa de tres empiezo a sobrar.
Ha sido una plática larga y enriquecedora. Pero ya es tarde para mí. 
Me despido no sin antes agradecer su disposición para conversar. 
Apago la grabadora, la guardo en mi mochila y me retiro.
Antes de salir les dedico una última mirada.
Gris y su acompañante conversan animadamente, mientras Othón los observa con atención y complicidad. 

“Esta pareja se quiere”, pienso para mis adentros y, en secreto, desde la puerta de ese local, les deseo suerte en su búsqueda.
Camino a casa me pregunto si la entrevista ha versado realmente sobre el poliamor. Y no sé. Me queda la sensación de que en la mesa de ese café se habló más de confianza, de comunicación, de honestidad, la materia prima con la cual debieran de construirse todas las relaciones humanas.


Artículo publicado casi sin editar, rescatada de la web www.aldeano.net que ya está caída. El autor es un tal Alvaro Hernandez , revista N° 3 del 15 de agosto del 2011.

lunes, 4 de febrero de 2013

Una visión sobre las mujeres

El siguiente texto es una colaboración de un contacto de red social a quien aún no tuve el placer de conocer personalmente, más allá de ciertas definiciones con las que uno pueda no estar de acuerdo, en general el texto merece la pena ser compartido.



De nuevo poligamia. No sobrevivo con una, debo tener todo o nada. Cuando me limito a una, hasta ella misma recibe menos. Cuando tengo muchas, todas reciben mucho. Las mujeres son bellas todas. ¿Por qué habría de encarcelarme sólo con una? No es ese mi sentir. Yo necesito libertad. Amo la libertad. Amo la libertad de poder expresar y trasmitir lo que siento a esa persona por quien lo siento. Cuando me restrinjo y no permito que eso se exprese, es como si una mordaza fuera puesta sobre mí y la tuviera puesta todo el tiempo y no me puedo liberar. Para serle fiel a una sola mujer tengo que ponerme una mordaza de esas. Pero a la larga ella sale perdiendo pues tampoco ella puede recibir su parte. Si las mujeres pudieran saber esto, no tratarían de ponerme obstáculos y se darían cuenta que al darme libertad es cuando más beneficio obtienen.


El sexo es fabuloso, probar el cuerpo de una mujer, acariciar su piel, besar cada centímetro de piel que va desde sus pies hasta su cabeza, besar cada parte y convertir su cuerpo en un universo de caricias, besos, amor, placer. Escuchar el gemido de placer de una mujer al hacer el amor, cada uno de esos gemidos, es una caricia para mis oídos, es música celestial. Ahora veo a cada mujer como un bello y hermoso regalo que la vida brinda sin cobrar ni pedir nada a cambio, más que lo que uno ya tiene en abundancia y está tan deseoso de brindar también. Prefiero brindar mi persona, brindar mi cuerpo, brindar mi atención, aunque en general las mujeres necesitan algo material, aunque sea algo simbólico; pero creo que casi todas lo necesitan y, nunca se sienten completamente amadas hasta que uno ha desembolsado una buena cantidad de dinero o de bienes materiales para ella, sobre todo si uno lo daría todo por ella. Pero puedo brindar cosas que las hagan sentirse halagadas, bellas, valiosas, importantes. En fin las mujeres son todas muy bellas, hermosas y especiales. Excepto cuando se llenan de odio o sentimientos viles de venganza. Pero bueno, eso es parte del paquete. Cuando no están llorando están enojadas, así es su temperamento. Y cada una es especial. ¡Cuántas cosas divinas se puede descubrir en cada mujer! Una mujer es una aventura siempre. Claro que a veces puede ser una aventura desventurada pero al fin, uno nunca sabe qué habrá de descubrir debajo de toda esa belleza. Además no sabe uno cómo pueden brindar su belleza, cada una de un modo que no se puede anticipar. Creo que si de algo debo dar gracias a Dios es de haber hecho un ser tan bello que vive con nosotros los hombres.


A veces siento lástima por ellas, o tal vez compasión, o tal vez ternura. Son tan víctimas de sus propios sentimientos. A veces no se percatan de ello y viven furiosas de las consecuencias de sus propios sentimientos. No pueden ver nada sin brindarle un color de sentimiento asociado. Quizá por eso no saben que el mundo también puede verse libre de sentimientos y que el mundo visto nomás con la razón y el entendimiento también puede ser bello. O no pueden darse cuenta por ello que muchas veces lo que les causa pesar no es lo que ocurre, sino la interpretación y además el sentimiento asociado que ponen a los hechos. Pero por eso también necesitan amor, pues en realidad viven de ello como alimento. Y nosotros también lo sentimos y lo buscamos. Me gusta abrazar y besar a una mujer cuando llora. No es debilidad, es más bien la valentía de expresar su sentir como viene, sin temor y sin pretender ocultar. El llanto sincero es bello e inspira ternura y aviva en uno un amor que busca brindar protección, cuidado y afecto.

Me vuelve loco el vestuario provocativo de las mujeres. Sobre todo los tacones altos, son mi delirio. También me gusta como decoran su belleza con ornamentos vistosos. Cada parte del vestuario que llevan está pensado para exaltar a la vista. Provocan un embrujo especial. Me gusta verlas moverse, adoptar posturas y ademanes cadenciosos, como intentando provocar deseo o convertirse el centro de atención del público. Son estrellas, que deslumbran a su paso; son protagonistas de su propia historia, donde el escenario es su propia vida y donde todos los que somos parte de sus vidas formamos parte del elenco. Son bellas.

Por todo eso quiero poder estar disponible siempre a todas ellas. Cada una de las que ha entrado a ser parte de mi vida, ha abierto una ventana en mí, la cual nunca habrá de cerrarse. No debe ninguna temer que otra vaya robar su puesto; nunca ha ocurrido ni va a ocurrir. Cada una es especial de por vida y su puesto es especial y nunca va a ser ocupado por nadie. Como dice la canción "mujeres, oh mujeres tan divinas, no queda otro camino que adorarlas". Y de verdad que no hay nada más bello que poder adorar la belleza de una mujer. Cada beso es eso, una adoración a todo eso bello que son. Por eso beso cada una de las partes de su cuerpo, porque sé que así ellas pueden saber y estar seguras de lo mucho que valen y lo mucho que son.



El autor prefirió quedar en el anonimato.

jueves, 31 de enero de 2013

Inquietudes

¿Nunca te preguntaste por qué una relación amorosa debe ser solo entre dos personas? ¿por qué uno no puede amar o compartir amor con más de una persona? ¿por qué al sumergirte en una relación tenés que perder tu libertad? ¿por qué dicen en que una relación alguien tiene que ceder y la persona que termina cediendo sos siempre vos? ¿por qué el amor para todas las personas implica pertenencia? ¿porque pertenecer a otra persona?

El amor como un sentimiento elevado y supremo debe ser libre, por sobre todo debemos ser libres de escoger a quien amar o a quienes amar o con quien compartir amor, pero ¿por qué esa libertad de amar no puede ser compartida?  Desgraciadamente vivimos en una sociedad en la cual un alto porcentaje de la población tiene ideas conservadoras y tradicionales en muchos o sobre casi todos los temas y por supuesto, ese tradicionalismo también abarca el ámbito de las relaciones amorosas, donde encontramos un patrón que se viene repitiendo a lo largo del tiempo, del que uno por ser parte del mismo grupo social debe cumplir a cabalidad y como siempre aquella persona que propone algo distinto es directamente marginada y discriminada. 

Seguir tu camino ya no es una opción.
Si bien el tradicionalismo en esta cuestión es algo imperante, ¿por qué no quebrar esa estructura, ese esquema, por qué tener que vivir y convivir con algo que no te hace feliz o que restringe tu libertad a la posibilidad de ser uno mismo? Y es la libertad, el deseo de ser libre lo que te puede llevar a conocer otras opciones diferentes a las del amor tradicional. Uno puede ser feliz y pasarla bien con una persona, pero también puede ser feliz con más de una, si ese sentimiento de restricción esta abarcando tu ser y no te permite disfrutar de la otra persona y ni de vos mismo y te esta quebrando, es el momento de explorar maneras distintas de ver las cosas y de vivir las cosas. 

“Ser diferente no siempre significa que lo que haces esté mal”. Es un postulado que deberías tener presente para poder librarte de prejuicios sociales o patrones tradicionales que amoldan tu forma de actuar, y no debería ser así. 

Entre las opciones distintas al amor tradicional encontramos la relación abierta y otra opción el poliamor. Pueden hacerte sentir mejor e incluso pueden y deberían compartirse con las personas a quienes amas, propuestas que deben ser habladas abiertamente por que ya no estamos en tiempos de reprimirnos a nosotros mismos y menos de reprimirnos por otras personas.


Colaboración de Marimar Peralta.

martes, 29 de enero de 2013

Una introducción...


Cosa notable esta de vivir. Tomamos conciencia en un mundo culturizado que nos imprime su sello, nos moldea el comportamiento, corroyendo más allá del relacionamiento social, alcanzando inclusive la médula de la propia personalidad. Luego un día descubrimos el amor, y establecemos noviazgos. Creemos en el amor verdadero y único, creemos que existe un "alma gemela". Esa persona especial que nos completa, la "media naranja". Tomamos dogmas amorosos y los asumimos innegables: que si te quiere sólo querría estar contigo, que el amor puro y verdadero todo lo soporta, todo lo puede (nos tragamos las palabras del libro), que si me quiere me aceptará como soy, que el sacrificio por el ser amado es el más alto ideal romántico. Todas estas asunciones carecen de significado real, son vacuas en sí mismas, y trasladan ese vacío a los espíritus sensibles. 

Todos somos unidades biológicas que responden a estímulos externos y viven reaccionando continuamente. Si tocamos una zona de nuestra piel el tiempo suficiente llegará el momento en que dejaremos de sentirlo. Lo mismo con el corazón. La vida no termina con el noviazgo ni con la boda. Si nuestros valores están huecos, por más tradicionales y "normales" que sean, la vida se marchita, va perdiendo color. Y un día cualquiera has descubierto que tu vida estaba anestesiada, que perdiste la capacidad de sentir. Y comienzan los celos, las inseguridades, las infidelidades. Porque esperamos que las cosas sean de cierta manera, y sin pensar si realmente nos hace bien. E infligimos restricciones a nuestros seres amados, buscando sostener en alto el ego. Siendo arquitectos del mal, y víctimas al mismo tiempo. 

Y es posible que luego te encuentres en la disyuntiva de no saber qué sentís. Si querés o no querés a tu pareja. Encontrás a alguien fuera de tu relación que te deslumbra, y creés que será el remedio de tus males espirituales, pero nunca analizaste de manera mínimamente razonable si es cierto que así será, si en realidad no terminarás repitiendo el libreto. Y también te vas encontrando tú mismo, reaccionando y actuando de maneras que no creías que lo harías, tal vez decepcionándote de tí mismo. 

Y la vida en su riqueza de combinaciones situacionales, en vaivenes experienciales te sitúa en lugares contradictorios, en lugares que no esperabas estar, sentimientos que no esperabas sentir, reacciones de las que no te creías capaz, y hasta probablemente rompiendo con tu ética personal o con lo que pensabas era tu manera de pensar.

Luego la realidad te va pintando sus colores particulares: es altamente improbable que encuentres una persona que te satisfaga completamente, incluso es probable que sea conocida de tí de larga data, y que jamás hayas reparado que son compatibles; si encontrás alguien que te satisface, puede que cambies tú, puede que cambie ella (¿es posible siquiera definir qué aspectos de la persona "cambiaron" realmente?).

Somos unidades acotadas con voluntad, individuos, nuestro accionar es autónomo. Y la acción eficiente supone actuar por cuenta propia para la búsqueda de la felicidad. Somos responsables directos (tal vez no únicos) de buscar nuestro sentido en esta vida, la vida no tiene sentido en sí misma, (otro dogma generalizado) más allá del que nos impone natura (extender la especie). Podemos agregarle el sentido que nos permita sentirnos a gusto en el paso por esta tierra, plenitud en nuestras actividades.

La dimensión del comportamiento y sentimiento humanos no pueden restringirse y acotarse. No tienen forma definida, quien así lo crea es un iluso. También es altamente improbable que encuentres a alguien que te guste o llene en todos los aspectos. Imponer el amor a una sola persona es una tiranía. Restringir el amor a una sola persona es imponerse la ceguera. Es posible sentir afecto por varias personas, en distintas intensidades y naturalezas.

Y volvés a pensar desde tu perspectiva personal y sentís que quieres a tu pareja, pero no te alcanza, el sentimiento de libertad aliviana las cargas del sentir. En el mismo momento en que pusieron cepo al corazón empezamos a marchitarnos. 

Y de eso se trata esto, de la libertad de sentir, de sentirse pleno a la luz de varios afectos, o de uno solo, de no limitarnos arbitrariamente, sino de mantenernos abiertos a un amor pleno y libre, lleno de sentido, contenido y sincero. Es lo que quiero compartir, y en lo posible, abrir las mentes de quien lea esto. 

Y por qué no, sacar del limbo a alguna persona que siente que no encaja en este esquema vigente. 

Si sentís que no encajás, que no podés evitar causar daño. Si no podés entender cómo actuás distinto de lo que tus parejas esperan de vos. Si creés que estar en pareja no es entregar una llave de posesión del propio cuerpo. Si creés que compartir afecto con personas distintas de tu pareja no puede ser malo, ni constituirse en fuente de culpa. Si creés en la libertad de las personas, informate, animate, explorá. Hay opciones, hay maneras distintas de ver el amor y las relaciones humanas, más realistas, más naturales, más sinceras y más significativas.

sábado, 26 de enero de 2013

Amar a una mujer


Comparto este texto escrito por una mujer, y que me parece extremadamente bello:



"La mujer, especialmente su sexualidad, provee el objeto de interminable comentario, descripción, suposición. Pero el resultado de todo lo dicho solo profundiza el enigma y hace que la fuerza erótica de la mujer sea algo que el narrador masculino nunca pueda del todo explicar o contener" - Peter Brooks

Inspirada por los artículos recientes del elephant journal respecto al erotismo mujer/mujer (más notablemente por [en inglés] Lori Ann Lothian y Lyla Cicero), decidí efectuar mi propia investigación respecto a la atracción que siento, tanto emocional como carnal, hacia la forma femenina.

No voy a negar que cuando veo unas formas de mujer moldeadas por un elegante vestido estilizado de coctel (rematado con stilettos), me pica la piel y la boca se me hace agua.

Me gusta morder la suave y tersa carne de su cuello. Amo mis dedos completamente inmersos en cabellos con fragancia a fresa.

Y sí, amo la humedad y la atercopelada reminiscencia de un coño de mujer. 

Sin dudas, esto no es nada de otro mundo. De hecho, creo que sería un raro espécimen humano aquel que no esté físicamente atraído, de alguna forma, por la forma femenina. 

Y aún así, hay más en mi historia que pura lujuria.

Sí. Tuve experiencias mientras crecía: jugar a "Romeo y Julieta" de prepúber, abrazos en topless de adolescente, y el usual "coqueteo-con-tus-compañeras-para-que-los-chicos-piensen-que-sos-grosa" en el colegio.

Pero cuando decidí, a la madura edad de 28 años, dar mi presencia a una mujer y surcar el ondulado fuego de su orgasmo, descubrí que estar con una mujer no era un experimento o un alucinante atrevimiento: fue una de las experiencias más milagrosas que conocería. Era como sentir a Dios llover en las puntas de mis dedos. Y me calentaba del carajo.

Eso me confirmó algo que siempre sospeché pero estaba muy avergonzada para admitir: una mujer rendida a su orgasmo es innegable y divinamente irresistible.

¿Estaba "enamorada"? Bueno, sí -en ese momento, cuando los patrones de la vieja normativa hétero se desvaneció y simplemente dije "sí" a lo que se sentía bien, puedo decir honestamente que no había en mi mundo nada más que amor- interior y exterior.

Esa primera experiencia real con una mujer me abrió una puerta. Una puerta de renuncia. Una puerta de rendición. Una puerta de posibilidad. Una puerta de amor.

Amor: aquel encendido profesor que susurra verdades aterradoras.

Y amor: aquella brisa gentil, que moldeó y dio forma a mi corazón para que fuera capaz de recibir tanto a mujer como a los hombres en un abrazo extático.

Y amor: la fuerza magnética entre mi acompañante de vida y yo.

Unas pocas semanas después de mi epifanía femenina, escribí el siguiente poema para capturar la sagrada magia de aquella noche -pues amar a una mujer es amar todo lo extraño y exquisito de la humanidad:


Amar a una mujer

Sus llantos licuefactos
Inundan la vacua noche
Y he aquí
En la palma de mi mano
Que la historia de la tierra
Ha nacido

El loto
El lirio
La magnolia
Flores que se abren
Cuyos néctares
Forman los mares

Mis dedos
Cosquillean sus pétalos
Mi pulgar
Descubre su perla
Mi boca
Desciende sobre la suya

Y mientras el velero desliza abajo,
Descendiendo el
Océano de nuestro amor
Dulces, saladas olas
Nos acunan
Hacia la muerte

¿Quién hubiera sabido que
Arrecifes inexplorados
(Con el poder potente
Del coral floral)
Podría producir
Semejante vida radiante?


Traducción libre, el artículo original en inglés lo pueden leer aquí. Autora: Candice Holdorf.

miércoles, 23 de enero de 2013

Amando a más de uno


Si ponés en Google el término "poliamor" vas a tener más de un millón de resultados, indicando que aproximaciones no convencionales al amor y al sexo son un punto candente. Y ciertamente, es una manera de vivir que chispea controversia e incluso incredulidad. El poliamor, un término que significa "amar a muchos", es una manera seria de encarar las relaciones para algunas personas. La terapeuta familiar y matrimonial Dossie Easton escribió el libro, The Ethical Slut, conocida como la biblia del poliamor. Aquí nos cuenta de qué va esto.

¿Qué es el poliamor?

Vivimos en una cultura que trabaja duramente por imponer una definición "tamaño único para todos" de cómo deben ser manejadas las relaciones. Pero existen muchas maneras de amar, y muchos formatos para crear relaciones maravillosas y plenas -desde tener más de un compañero sexual hasta el matrimonio grupal. El título, La ramera ética (escrita junto con Catherine Liszt), lo dice todo. Una ramera es una persona que celebra un estilo de vida sexual aventurero, al mismo tiempo que honra los sentimientos y límites de todas las personas con las que se relaciona, incluso aquellas que pueden no estar en la habitación al momento de estar siendo aventurero.

¿Son necesarias las reglas para asegurar ser justos, como decidir quién duerme con quién en qué noches?

No creo que exista realmente alguna regla fija excepto respetar y honrar los sentimientos y límites de cada individuo envuelto en relaciones poliamorosas. Tener demasiadas reglas es como intentar encuadrar a la gente, y yo creo que la gente es infinitamente creativa. ¿Entonces por qué no permitir que fluya esa creatividad hacia la manera en que configuramos las relaciones?

Muchos terapeutas dicen que el poliamor probablemente no pueda funcionar en términos de instalar lazos estables que proteja contra el abandono y provea un ambiente a largo plazo para la crianza. Entonces ¿comprometerse en el poliamor no es un poco como jugar con fuego?

Lo que es interesante de los estilos de vida poliamorosos es que cuando la gente subsiste en el régimen abierto, pueden recibir amantes en sus familias, de forma que estas amenazas -que usualmente son mantenidas en secreto y pueden generar rencor- son discutidas abiertamente e integrados. Pueden generar familias extendidas que reproduzcan los valores de aquella bien conocida aldea que es tan buena criando niños. Los niños se benefician de tener más adultos, más cuidados, más apoyo, y una mayor población de roles modelos para elegir.

¿Cómo manejás los celos? ¿Es posible desaprender tan profundamente arraigada respuesta?

Si observás a los niños, verás que no notan realmente a los competidores siempre que sus necesidades estén siendo satisfechas. De hecho, la manera en que las redes poliamorosas crían niños está en el núcleo del estilo de vida poliamoroso. Realmente solo se trata de promover el amor fraterno, disolver la rivalidad entre hermanos, y compartir regazos. Lo celos no se arraigan tan profundamente.

Creemos que los celos son emociones inmanejables e intolerables con los que nadie debería tener que lidiar. Esto es un mito. De hecho, somos bastante capaces de aprender a hacernos cargo de nosotros mismos cuando nos sentimos celosos, de forma muy parecida a cómo nos hacemos cargo de nosotros mismos con relación a cualquier sentimiento difícil, como una aflicción o el resentimiento. Realmente no necesitamos tener miedo de que nos abrume.

Si profundizamos en los celos, podemos descifrarlo. Los celos son una especie de palabra sombrilla que cubre un enorme rango de emociones complicadas que pueden surgir al pensar en nuestra pareja teniendo intimidad con otro. ¿Cómo la gente experimenta los celos? Rabia territorial, miedo al abandono, inseguridad, imagen negativa del propio cuerpo, pérdida, auto-aborrecimiento en el sentido de imaginar que la otra persona debe ser más atractiva, la lista es interminable.

Los celos se manifiestan como inseguridad, y esto me llevó a darme cuenta de que nunca tuve un sentido genuino de seguridad interna que no fuera dependiente de que mi pareja me ame a mí más que a cualquiera. Así construí una base de seguridad que poseía y operaba completamente.

Los celos son un tipo de palabra clave usada para cualquier emoción o experiencia que sea interna. Uno de tales pensamientos es el siguiente: Tengo miedo de no sobrevivir. Entonces lo proyectamos hacia nuestra pareja y le pedimos que nos evite experimentar ese miedo profundo. Los celos nos muestran cuales son nuestros conflictos más profundos. Desaprender los celos proveen una posibilidad de curación y crecimiento.


Autor: Moses Ma

lunes, 21 de enero de 2013

Nadie debería preocuparse si su pareja coge con otro...

Comparto una entrevista de UOL Comportamento a Regina Navarro:


¿Siente escalofríos sólo de pensar que no tiene dominio sobre la vida sexual de su pareja? Según la sicoanalista y escritora Regina Navarro Lins, creer que es posible controlar el deseo de alguien no es más que una de las mentiras del amor romántico.

"Es común alimentar la fantasía de que solamente controlando al otro hay garantía de no ser abandonado", afirma ella, que lanzó recientemente "El libro del amor" (Ed. Best Seller). Dividida en dos volúmenes ("De la prehistoria al Renacimiento" y "Del Iluminismo a la actualidad"), la obra sigue la trayectoria del amor y el sexo en Occidente desde la Prehistoria hasta el siglo XXI y le exigió 5 años de investigación.

Regina, consultora del programa "Amor & Sexo", presentado por Fernanda Lima en Rede Globo, cree que, en la segunda mitad de este siglo, muchas cosas van a cambiar: "Tener varias parejas se verá como natural. Pienso que no habrán modelos en los que las personas se encuadren", dice. Lea la entrevista concedida por la sicoanalista a UC.

UC: En su investigación para escribir "El libro del amor", ¿qué fue lo más bonito y lo más feo que encontró sobre el amor?
Regina Navarro Lins: Aunque "El libro del amor" no trata del amor por la humanidad, sí del amor que puede existir entre un hombre y una mujer, o entre dos hombres o dos mujeres, la primera manifestación de amor humano es muy interesante. Ocurrió hace aproximadamente 50 mil años, cuando empezaron a enterrar a los muertos -cosa que no ocurría hasta entonces- y a adornar las tumbas con flores. Lo más feo que encontré en el amor fue la opresión a la mujer y la represión de la sexualidad.

UC: ¿Cómo imagina usted a la humanidad en la segunda mitad de este siglo?
Regina: Los modelos tradicionales de amor y sexo ya no están dando respuestas satisfactorias y eso abre un espacio para que cada uno elija su forma de vivir. Quien quiera quedarse 40 años con una única persona, teniendo sexo sólo con ella, todo bien. Pero tener varias parejas también será visto como natural. Pienso que no habrá modelos para que las personas se encasillen. En la segunda mitad del siglo 21, probablemente, las personas vivirán el amor y el sexo bastante mejor de lo que viven hoy.

UC: Hablas de las mentiras del amor romántico ¿cuáles son esas mentiras?
Regina: El amor es una construcción social; en cada época se presenta de una forma. El amor romántico, que sólo entró en el matrimonio a partir del siglo 20, es la razón por la que la mayoría de los hombres y mujeres de Occidente tanto ansía [casarse], no es construido en la relación con la persona real, que está al lado, y sí con aquella que se inventa de acuerdo con las propias necesidades.

Ese tipo de amor es copiado de la idealización del otro y predica la fusión total entre los amantes, con la idea de que los dos se transformarán en uno solo. Contiene la idea de que los amados se completan, sin faltarles más nada; que el amado es la única fuente de interés del otro (es por eso que muchos abandonan a los amigos cuando comienzan una relación); que cada uno tendrá todas sus necesidades satisfechas por el amado, que no es posible amar a dos personas al mismo tiempo, que quien ama no siente deseo sexual por nadie más.

La cuestión es que este amor no se sustenta en la convivencia cotidiana, porque usted es obligado a ver al otro con aspectos que le desagradan. No es posible mantener la idealización más. Allí surge el desencanto, el resentimiento y el daño.

UC: ¿Por qué dices que el amor romántico está dando señales de salir de escena?
Regina: La búsqueda de la individualidad que caracteriza la época en la que vivimos; nunca hombres y mujeres se aventuraron con tanto coraje en busca de nuevos descubrimientos, solo que, en este caso, hacia dentro de sí mismos. Cada uno quiere saber cuáles son sus posibilidades, desarrollar su potencial.

El amor romántico propone lo opuesto de eso, pues predica la fusión de dos personas. Entonces deja de ser atractivo. Al salir de escena está llevándose su principal característica: la exigencia de exclusividad. Sin la idea de encontrar a alguien que te complete, se abre un espacio para otros tipos de relacionamiento, con la posibilidad de amar a más de una persona por vez.

UC: ¿Y cómo queda el casamiento?
Regina: Es probable que el modelo de matrimonio que conocemos sea radicalmente modificado. La carga de la exclusividad sexual debe dejar de existir. Creo que, de aquí a algunas décadas, menos personas estarán dispuestas a cerrarse en una relación de a dos y se volverá común tener relaciones estables con varias personas al mismo tiempo, escogiéndolas por las afinidades. La idea de que una pareja única deba satisfacer todos los aspectos de la vida puede volverse cosa del pasado.

UC: Solo de pensar en la posibilidad de tener un relacionamiento en el que la monogamia no es una regla, muchas parejas tienen escalofríos. ¿Por qué?
Regina: Reprimir los verdaderos deseos no significa eliminarlos. W. Reich [sicoanalista austríaco] afirma que todos deberían saber que el deseo sexual por otras personas constituye parte natural de la pulsión sexual.

Investigando lo que estudiosos del tema piensan sobre las motivaciones que llevan a una relación extraconyugal en nuestra cultura, quedé bastante sorprendida. Las más diversas justificaciones apuntan siempre a problemas emocionales, insatisfacción o infelicidad en la vida de a dos. No leí en casi ningún lugar lo que me parece más obvio: a pesar de que exista insatisfacción en la mayoría de los matrimonios, las relaciones extraconyugales ocurren principalmente porque las personas gustan de variar. Las personas pueden tener relaciones extraconyugales y, aún así, tener un matrimonio satisfactorio desde el punto de vista afectivo y sexual.

La exclusividad sexual es la gran preocupación de hombres y mujeres. Pero nadie debería preocuparse si su pareja coge con otra persona. Hombres y mujeres sólo deberían preocuparse en responder a dos preguntas: ¿me siento amado/a? ¿me siento deseado/a? Si la respuesta fuera "sí" para ambas, lo que el otro haga cuando no está conmigo no me debería interesar. Sin dudas las personas vivirían bastante más satisfechas.

UC: ¿Cómo podrían vivir las personas mejor en cuanto al amor y al sexo?
Regina: Para que existan chances de vivir de a dos sin tantas limitaciones, hombres y mujeres necesitan efectuar grandes cambios en su manera de pensar y vivir.

Creo que para que una relación de a dos valga la pena, algunos factores son primordiales: el total respeto al otro y a su manera de ser, sus ideas y sus elecciones; ninguna posesividad o manifestación de celos que pueda limitar la vida de la pareja; poder tener amigos y programas por separado; ningún control de la vida sexual de la pareja, ya que es un asunto que solo incumbe a la propia persona.

Pocos concuerdan con esas ideas, pues es común alimentar la fantasía de que solamente controlando al otro hay garantía de no ser abandonado. La cuestión es que no es tan simple. Para vivir bien es necesario tener coraje.


Flotante